domingo, 10 de febrero de 2019


UN SEGUNDO DE MALA ESPINA

Cuento escrito por Ubil Bustamante Rafael.

Ni siquiera había cumplido los doce años de edad cuando Jorge, mi hermano mayor, me llevó a trabajar junto a los otros peones. Recuerdo que fuimos ocho en total esa mañana. Alrededor de una mesita añeja tomamos rápidamente la chochoca, luego afilamos nuestras lampas con pedazos de piedras y nos dispusimos a caminar hacia la chacra de maíz de Agashul. Los demás tenían las caras y las manos tostadas por el sol, ya que para la mayoría no significaba ningún inconveniente estar día tras día labrando la tierra dura, en cambio yo me sentía extraño en ese instante de mi vida, pues era la primera vez que trabajaría al surco en una chacra vastísima, cimentada por los arbustos y el paso del tiempo.

 Avancemos, taititos, no se vaya a ser muy tarde; habló mi hermano, colocando su lampa en el hombro al lado de una alforja larga que contenía el fiambre, todavía caliente, porque unos cúmulos de vapor se disipaban sin que él lo notara. Caminamos largo rato sin hablar y formando una hilera uniforme; pero a media subida, dos huapalinas pasaron por encima de nuestras cabezas agitando sus alas. Es señal de buena suerte para los niños, interrumpió alguien del grupo, se ve que el cholito Fredegundo va a ser buenísimo para la lampa. A mi hermano podrán verlo chiquito de tamaño, pero para el trabajo ya está famoso desde hace tiempo; respondió Jorge, jubilosamente. Además, como ustedes pueden ver, él tiene la pinta de un gran jornalero. Todos rieron y me observaron minuciosamente de pies a cabeza. Algunos hicieron rechinar sus dientes como si avisaran que necesitaban un poco más de coca para el largo camino que aún nos faltaba recorrer.
Mientras ascendíamos, no podía dejar de pensar en lo difícil que me tocaba enfrentar ese día, por primera vez en la chacra, a lo largo de nueve horas continuas. Sabía que todos los peones que iban delante de mí eran malos tipos, porque tenían la pésima costumbre de trabajar a las “melgadas”, que era una costumbre típica de esa zona y que consistía en una competencia desleal, para ver quién era el mejor y jefe de la cuadrilla. Esta vez no sería la excepción: se cogerían como locos rayando la chacra sin orden, cortando las yerbas a medias y a mí me ignorarían rotundamente; por eso una vez llegados, cada uno se iría colocando según el poder de sus fuerzas. Por lo general, el primero sería el peón más fuerte y experimentado que no se dejaría alcanzar fácilmente del otro, luego estaría el menos malo que el siguiente, y, así sucesivamente hasta llegar al último o peón debilucho, que en este caso, todos  pensaban que sería yo.

Por fin llegamos, dijo mi hermano, después de haber caminado un largo rato cabizbajos y transpirando. Entonces observé los campos verdes de mi querido Agashul, cuyo infinito resplandor y frescura de sus shácames y huaylambos proyectaban un clima armónico al paisaje, hundido en su claridad fecunda. Las plantas de maíz agitaban sus hojas al golpe de un vientecillo suave como si me avisaran de lo que se venía. Todos los del grupo coincidieron que yo fuera el último en el surco, era de esperarlo, pero de acuerdo a mi concepción rudimentaria sabía que los del final se cansaban más rápido por lo que propuse que iría el segundo. Por poco te animas para capitán, niño adefesio; intervino uno de los peones que tenía los cabellos puntiagudos y la barba rala, después supe que se llamaba Castinaldo. La mayoría de ellos aumentó su porción de coca formando un bocado grande, y yo no me quedé atrás. Rápido desenrollé de su envoltura el último caramelo de  limón que me acompañaba en uno de mis bolsillos, guardado exclusivamente para los momentos difíciles, se lo ingerí apresurado y todos volvieron a reír con ironía, o quizás les causaba extrañeza que mi cuerpo chiquito y flaco se atreviera a semejante segundo lugar para hacerle la pelea a los peones más diestros de Agashul. Además todos conocían, que cuando uno empezaba en el oficio de la lampa, nada era fácil; había que acostumbrarse primero.

Gumercindo principió a deslizar su lampa alrededor de la primera planta de maíz, rápido se despojó del polo térmico que llevaba puesto y, sin pronunciar palabra se inclinó ante el surco. Desyerbó una, dos, tres plantas con mucha prisa y sin dejar que se alejara le seguí. Noté de inmediato que mi lampa cortaba las yerbas sin mayores problemas. Pero uno tenía que impactar su herramienta con la fuerza suficiente en el suelo, luego arrastrarlo, tapando todas las malezas de manera que el maíz quedara completamente libre y bailando para poderlo distinguir desde lejos como puntitos verdes y alineados.
Después de haber avanzado un tramo, al girar de repente el rostro, noté que el popular Huachillo era el tercero en la faena. No sé por qué se había colocado allí, pero vi que me seguía con rapidez. Entonces recordé las palabras de mi madre hacía unos meses atrás, suplicándole al tío Huachi que por favor nos enseñara a trabajar como a peones del día a día, porque hasta ese momento no habíamos aprendido bien el oficio. Recordé también que tío Huachi le decía: “Primita Edelmira, por ahí andan diciendo las gentes, que mis sobrinos Jorge y Fredegundo son ociosos al límite y que de continuar así los tragará los perros, mañana más tarde.  Pero no se preocupe usted, que yo les enseñaré a trabajar como hombres, así como  a mis hijos que ahora sacan tarea antes que el sol se oculte. Primita Edelmira, con mayor razón todavía si no me hicieran caso a las buenas, a golpe de latigazos lo haré, pero tendrán que obedecerme porque la vergüenza era para la familia”. Esa conversación que ambos sostuvieron me enfadó muchísimo y ahora se complicaba, porque Huachillo estaba muy cerca a mí haciendo rechinar su lampa como advirtiéndome, pero yo no permitiría jamás que se consolidara el asunto. Huachillo no me alcanzaría y de ser así, quizás se pondría a reír rasgando mucho más su boca demacrada. Avancé tenazmente cortando las yerbas, deshojando el maíz con prisa, pero la lampa de Huachillo seguía sonando cada vez más cerca. También noté su desesperación intencional por alcanzarme. Al fin, después de un lapso inquietante, sin darme cuenta quizás pude comprender que el surco llegó a su fin y yo me sentí mucho mejor de salud; pero al incorporarme, un fuerte dolor de cintura me hizo gemir. No obstante disimulé cuanto pude, porque Huachillo se paseaba otra vez a mi lado, masticando con mejores ganas el bocado de coca que por momentos deformaba su rostro convirtiéndolo en globo apretujado. De inmediato retornamos y seguimos en la lucha. Pero antes, aprovechando un ligero descuido de todos ellos, analicé y comprendí sus pensamientos. Cada uno caminaba con la tranquilidad más grande del mundo, masticando a ratos las hojas de coca que mi hermano mayor distribuía cada vez que ellos se lo pedían. Sino ármate también un bolito, cholo Fredegundo, había dicho mi hermano, momentos antes en el extremo inicial de la chacra, pero Castinaldo, Gumercindo y los otros que conocían rudimentariamente los efectos dañinos de la coca le habían sugerido que para mí no era bueno esas cosas. Se vaya a convertir en brutito el cholito a corta edad, se lo habían advertido, y mi hermano ni corto ni perezoso había ocultado el bolso entre los pequeños arbustos del borde que limitaba la chacra.

Huachillo estremeció la lampa de nuevo tan cerca a mí, pero esta vez la distancia que nos separaba era menor. Agazapado, intenté alejarme un poco tratando de escarbar más rápidamente, dejando las malezas arrojadas a la deriva, sin que nadie lo notara. Sin embargo Jorge, como adivinando mi pésima labor, me interpeló desde su octava ubicación en la que se encontraba: Fredegundo, hermanito menor, si te sientes mal o te cansas avísame nomás sin temor, para que descanses un ratito, no te vayas a exigir demasiado. Huachillo sonrió bruscamente pero siguió aferrado al suelo. Fue entonces cuando me di cuenta que mi adversario número uno me pisaba los talones, y sus lampeadas resonaban a tan sólo unos centímetros de mi presencia, incluso vi a mi costado parte de su mismo rostro deforme y jadeante, de manera que mi tormento fue aumentando más y más. No obstante el surco llegó a su fin otra vez y eso me alivió infinitamente; pero al incorporarme, el dolor agobiante de cintura me hizo gemir ¡Ayyyyy! de nuevo, luego la sonrisita malévola de Huachi, como siempre; los demás terminando el surco casi simultáneamente, reanimándose, y mi hermano Jorge aconsejándome que disqué descansara un ratito porque la competencia recién empezaba y que eso de ponerse a trabajar a las “melgadas” era muy peligroso, porque ocasionaba hasta broncas. Gumercindo dijo: si van a trabajar de ese modo avisen y dejen que el cholo chico se vaya a descansar a otra parte. Hasta se puede reventar el mocoso en su esfuerzo por superarnos. Pero lejos de tranquilizarme, esas palabras me enfadaron aún muchísimo más, por lo que opiné con dignidad que la cosa continuara, que yo sí tenía las fuerzas suficientes y el valor para enfrentarlos a todos sin temor a equivocarme. Entonces vi que Gumercindo se movió casi maquinalmente en el surco siguiente y yo lo imité. Huachillo, por su parte resoplaba muy cerca a mis oídos, a veces masticaba con fiereza y sus dientes crujían como ramas retorciéndose. En pocos segundos aprecié sin voltear la mirada que Huachillo no solamente me alcanzó, sino que también sobrepasó el límite. Desde su tercera ubicación se alejó como saltando en cuclillas, arrojando las malezas en el surco que aún me faltaba cultivar. Unas piedras rodaron con violencia y se estrellaron en mis pies descalzos. Ya te alcancé maluco, habló; y vi cómo jaloneaba la lampa botando la tierra húmeda, luciéndose una y otra vez, silbando en señal de triunfo. Y yo no podía tolerarlo, de ninguna manera, el atrevimiento de Huachillo había sido gravísimo, extremísimo. Avancé como un rayo dejando las plantas a medio cultivar y sin darle oportunidad a la razón arremetí contra los pies de Huachi propinándole dos lampazos, como si cortara un bejuco duro. ¡Ayyyyyyy!, gritó. ¡Auxilioooooo! Parece que se alocó el cholo flacucho. Me sentí libre de culpa por un instante, pero de pronto, un miedo vago invadió todo mi ser. No podría decir con certeza si ese cambio repentino se debió a que, en el momento que contemplé el rostro de Huachi, sus ojos ya no parecían ser los mismos, estaban desorbitados y crecidos; sus labios presentaban un estirón constante y sus dientes se presionaban fuertemente entre sí. ¡Qué pasó!, dijo mi hermano, con desconcierto en su mirada. Me cortó los dedos del pie este animal sin juicio. Huachi hablaba con desesperación y hasta se podría suponer que el dolor comenzaba a dominar la escena aumentando a  ritmo acelerado. Se me pasó la mano, me excusé, pero fue una resbaladita, nada más, no creo que la cosa haya sido más trágica. Observen aquí, llamó Huachi bañado por el sudor de su adrenalina. Todos se aproximaron, en cambio yo seguía inmóvil aferrado al mango de mi lampa, sin comprender aún lo que sucedía del todo, no obstante temblaba y transpiraba más que nunca.
Efectivamente, tres dedos del pie derecho le faltaban y por el denso camellón de la chacra unas hileritas de sangre avanzaban como ríos pequeñitos. ¡Hay que parar la hemorragia!, intervino Gumercindo, rasgando por la mitad el polo que llevaba puesto. Rápido, rápido. Le dieron de vueltas por todo el pie cubriéndolo completamente y para mayor seguridad se lo enlazaron con un retazo de bejuco delgado que había crecido muy cerca de allí, mientras el tío Huachi seguía emitiendo cada vez gritos más ensordecedores que rasgaban el aire con tenacidad. El sol se había enlutado y una ligera niebla comenzaba a cubrir el cielo del Agashul. Castinaldo sugirió de pronto que era necesario cargárselo hasta el Puesto de Salud de Rospán para evitar mayores complicaciones, pero yo traté de calmarlos aduciendo que no era para tanto el problema, puesto que unos años atrás había escuchado un consejo sabio en el que se aseguraba que los huesos de las personas, al toque se volvían a unir a su lugar con tal de presionarlos fuertemente entre sí en los primeros minutos de ocurrido el accidente. Pues observen bien todos, les manifesté, ahora ya no tenemos por qué martirizarnos la vida, porque incluso ya encontré  los tres dedos extraviados, habían estado enterrados en este montón de pecuyos y ni cuenta nos habíamos dado. Jorge se aproximó y de un manotón me hizo rodar por tierra. Los tres dedos de Huachillo se desparramaron  por el suelo como tres huesecillos. Sin perder más tiempo, tres peones voluntarios echaron al hombro el pesado cuerpo en dirección al Puesto de Salud que estaba como a dos horas de camino, mientras los demás lo siguieron también uno tras otro, frotándose los ojos y dejando a la deriva  todas las herramientas de trabajo con la alforja de fiambre incluida,  que flameaba a lo lejos.

Rápido pasó el dolor del golpe que me propinó mi hermano. Me incorporé y caminé también en dirección al Puesto de Salud de Rospán, no sin antes haber recogido los tres dedos rígidos del tío Huachi  y haberlos escondido con habilidad en el bolsillo trasero de mi pantalón parchado. Sin embargo unos metros más abajo, un gallinazo hambriento y voraz casi me arrebata a golpe de picotazos los tres retazos de propiedad única y exclusiva del mismo tío Huachi, pero yo tuve que  detenerlo a golpe de puños y el vivo zopilote regresó con su hambre de siempre al cielo opaco, indignado para seguir volando en busca de algún festín de rutina.

En poco tiempo llegamos al famoso Puesto de Salud de Rospán, pero la enfermera nos dijo que esa no era una hora muy apropiada como para atender el caso de tío Huachi. Se podía ver con claridad que todo su pie herido seguía creciendo descomunalmente, pero ya no profería muchos gritos porque la botella de aguardiente que le hicieron beber a la fuerza antes de trasladarlo lo había adormecido en el acto, y ahora dormitaba sin calma. Señorita Enfermera, le increpé, pero no ve  que esto es una emergencia, que si le seguimos dejando así, mi tiito hasta se podría morir y ahí sí que después la íbamos a pagar muy caro. Coqueros del demonio, nos contestó, acaso no ven que es más del medio día, y el almuerzo ya se estaba enfriando en la cocina, continúen esperando ahí una hora por lo menos y tengan, eso sí, listo y por adelantado el dinero. Patronita, suplicó Gumercindo, en efectivo no tenemos nada, Pero un día de esos aunque sea con un poco de papas o con ollucos se la pagarían, o en todo caso, con dos latas de maíz cocido, que más quería, pero por favor atiéndalo antes de que pase el trago porque sino se complicaría mucho peor todavía. Hombres brutos, refunfuñó la enfermera, pretenden engañarme con productos de la zona a cambio de las medicinas que son muy costosas, ni lo sueñen. Pero Señorita enfermera, volví a decir, sabemos que ahora tenemos derecho al Seguro Integral de Salud. Muchacho animal, me interpeló, claramente dice la ley del gobierno que heridos por peleas no cubre el bendito seguro, y desapareció por el callejón cerrando la puerta con estrépito. Jorge, que había estado a mi lado sin que lo notara me impactó de nuevo un duro golpe, pero yo en vez de llorar reí fervorosamente al ver el rostro crispado y chistoso de la enfermera que se esforzaba por largarse a devorar sus alimentos.

¿Y ahora qué solución le damos al asunto?, preguntó Gilberto, que por primera vez en todo el día expresaba una frase. Huachillo seguía dormitando, de bruces en el corredor y a veces gemía como un tierno animal salvaje. Son los efectos secundarios del aguardiente, pero lo bueno es que ha perdido la capacidad de seguir sintiendo el dolor, corroboró Castinaldo. Entonces no debemos perder ni un minuto más, explicó Gumercindo. No es muy difícil practicarle una cirugía, además en estos casos hay que ingeniarse al máximo. Pero no tenemos las herramientas necesarias, observó Jorge, además ni siquiera los pedazos de los dedos lo hemos traído. De eso no se preocupen, interrumpí. Aquí están muy bien guardaditos. Entonces hicimos fuerza común y lo alejamos un poco más allá del Puesto de Salud de Rospán. Gumercindo sacó la agujilla  de su calabazo que le servía para endulzar su bocadillo de coca y que nunca descuidaba, la roció con un poco de aguardiente para desinfectarla. De la costura de mi polo deshecho extrajeron unos náilones durísimos y comenzaron a unir la piel de cada dedo cortado a su posición original con muchos puntos a su alrededor, rociando de cuando en cuando aguardiente del puro para lavar la sangre apelmazada a lo largo de toda la planta del pie inmenso.  

De todos modos era extraño que Huachillo continuara dormido, ni siquiera movía el pie cuando Gumercindo incrustaba la agujilla sobre la piel maciza y lo enlazaba fuertemente con el nailon. Ya está, dijo al fin. Ahora con su agua de Agashules y huaylambos todos los días, más un poco de suerte para contrarrestar la infección, el tío Huachi estará nuevecito en un mes aproximadamente para seguir dándole duro al trabajo a puras melgaditas como debe de ser. Por ahora, llevémoslo de regreso a casa, que su familia aún no conoce la tragedia. Le pusieron al hombro como a un pesado madero y retornamos por el mismo camino empinado, a pasos rápidos, porque el día lentamente  llegaba a su fin y los rayos del astro sol se tornaban cada vez más anaranjados, en el vasto horizonte. Una capa oscura comenzaba a poblar los paisajes de mi querido Agashul, olvidado y desamparado aquella tarde, solamente.
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Un domingo del año siguiente, en el poblado de Chalamarca encontré a mi tío Huachi, a la salida de la plaza. Al verme sonrió y me dijo: “Sobrino, me contaron que aprendiste a trabajar a las melgadas como todo un jornalero. Es que los milagros sí abundan de verdad”.  Con temor le extendí la mano y tío Huachi se abalanzó, y me abrazó derramando sus lágrimas cristalinas. Emocionado, mientras se esforzaba por mostrarme sus dos pies completitos y yo no pude  divisar ni una huella, ni un rasguño por lo menos.

RESEÑA SOBRE LA MASCULINIDAD TÓXICA EN EL RELATO "LOS CACHORROS"

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