UN
SEGUNDO DE MALA ESPINA
Cuento escrito por Ubil Bustamante Rafael.
Ni
siquiera había cumplido los doce años de edad cuando Jorge, mi hermano mayor,
me llevó a trabajar junto a los otros peones. Recuerdo que fuimos ocho en total
esa mañana. Alrededor de una mesita añeja tomamos rápidamente la chochoca,
luego afilamos nuestras lampas con pedazos de piedras y nos dispusimos a
caminar hacia la chacra de maíz de Agashul. Los demás tenían las caras y las
manos tostadas por el sol, ya que para la mayoría no significaba ningún inconveniente
estar día tras día labrando la tierra dura, en cambio yo me sentía extraño en ese
instante de mi vida, pues era la primera vez que trabajaría al surco en una
chacra vastísima, cimentada por los arbustos y el paso del tiempo.
Avancemos, taititos, no se vaya a ser muy
tarde; habló mi hermano, colocando su lampa en el hombro al lado de una alforja
larga que contenía el fiambre, todavía caliente, porque unos cúmulos de vapor
se disipaban sin que él lo notara. Caminamos largo rato sin hablar y formando
una hilera uniforme; pero a media subida, dos huapalinas pasaron por encima de
nuestras cabezas agitando sus alas. Es señal de buena suerte para los niños, interrumpió
alguien del grupo, se ve que el cholito Fredegundo va a ser buenísimo para la
lampa. A mi hermano podrán verlo chiquito de tamaño, pero para el trabajo ya está
famoso desde hace tiempo; respondió Jorge, jubilosamente. Además, como ustedes
pueden ver, él tiene la pinta de un gran jornalero. Todos rieron y me
observaron minuciosamente de pies a cabeza. Algunos hicieron rechinar sus
dientes como si avisaran que necesitaban un poco más de coca para el largo camino
que aún nos faltaba recorrer.
Mientras
ascendíamos, no podía dejar de pensar en lo difícil que me tocaba enfrentar ese
día, por primera vez en la chacra, a lo largo de nueve horas continuas. Sabía
que todos los peones que iban delante de mí eran malos tipos, porque tenían la
pésima costumbre de trabajar a las “melgadas”,
que era una costumbre típica de esa zona y que consistía en una competencia
desleal, para ver quién era el mejor y jefe de la cuadrilla. Esta vez no sería
la excepción: se cogerían como locos rayando la chacra sin orden, cortando las
yerbas a medias y a mí me ignorarían rotundamente; por eso una vez llegados,
cada uno se iría colocando según el poder de sus fuerzas. Por lo general, el
primero sería el peón más fuerte y experimentado que no se dejaría alcanzar
fácilmente del otro, luego estaría el menos malo que el siguiente, y, así
sucesivamente hasta llegar al último o peón debilucho, que en este caso,
todos pensaban que sería yo.
Por
fin llegamos, dijo mi hermano, después de haber caminado un largo rato
cabizbajos y transpirando. Entonces observé los campos verdes de mi querido
Agashul, cuyo infinito resplandor y frescura de sus shácames y huaylambos
proyectaban un clima armónico al paisaje, hundido en su claridad fecunda. Las
plantas de maíz agitaban sus hojas al golpe de un vientecillo suave como si me
avisaran de lo que se venía. Todos los del grupo coincidieron que yo fuera el
último en el surco, era de esperarlo, pero de acuerdo a mi concepción rudimentaria
sabía que los del final se cansaban más rápido por lo que propuse que iría el
segundo. Por poco te animas para capitán, niño adefesio; intervino uno de los
peones que tenía los cabellos puntiagudos y la barba rala, después supe que se
llamaba Castinaldo. La mayoría de ellos aumentó su porción de coca formando un
bocado grande, y yo no me quedé atrás. Rápido desenrollé de su envoltura el
último caramelo de limón que me
acompañaba en uno de mis bolsillos, guardado exclusivamente para los momentos
difíciles, se lo ingerí apresurado y todos volvieron a reír con ironía, o
quizás les causaba extrañeza que mi cuerpo chiquito y flaco se atreviera a
semejante segundo lugar para hacerle la pelea a los peones más diestros de
Agashul. Además todos conocían, que cuando uno empezaba en el oficio de la
lampa, nada era fácil; había que acostumbrarse primero.
Gumercindo
principió a deslizar su lampa alrededor de la primera planta de maíz, rápido se
despojó del polo térmico que llevaba puesto y, sin pronunciar palabra se
inclinó ante el surco. Desyerbó una, dos, tres plantas con mucha prisa y sin
dejar que se alejara le seguí. Noté de inmediato que mi lampa cortaba las yerbas
sin mayores problemas. Pero uno tenía que impactar su herramienta con la fuerza
suficiente en el suelo, luego arrastrarlo, tapando todas las malezas de manera
que el maíz quedara completamente libre y bailando para poderlo distinguir
desde lejos como puntitos verdes y alineados.
Después
de haber avanzado un tramo, al girar de repente el rostro, noté que el popular
Huachillo era el tercero en la faena. No sé por qué se había colocado allí,
pero vi que me seguía con rapidez. Entonces recordé las palabras de mi madre
hacía unos meses atrás, suplicándole al tío Huachi que por favor nos enseñara a
trabajar como a peones del día a día, porque hasta ese momento no habíamos
aprendido bien el oficio. Recordé también que tío Huachi le decía: “Primita
Edelmira, por ahí andan diciendo las gentes, que mis sobrinos Jorge y
Fredegundo son ociosos al límite y que de continuar así los tragará los perros,
mañana más tarde. Pero no se preocupe
usted, que yo les enseñaré a trabajar como hombres, así como a mis hijos que ahora sacan tarea antes que
el sol se oculte. Primita Edelmira, con mayor razón todavía si no me hicieran
caso a las buenas, a golpe de latigazos lo haré, pero tendrán que obedecerme
porque la vergüenza era para la familia”. Esa conversación que ambos sostuvieron
me enfadó muchísimo y ahora se complicaba, porque Huachillo estaba muy cerca a
mí haciendo rechinar su lampa como advirtiéndome, pero yo no permitiría jamás
que se consolidara el asunto. Huachillo no me alcanzaría y de ser así, quizás
se pondría a reír rasgando mucho más su boca demacrada. Avancé tenazmente
cortando las yerbas, deshojando el maíz con prisa, pero la lampa de Huachillo
seguía sonando cada vez más cerca. También noté su desesperación intencional
por alcanzarme. Al fin, después de un lapso inquietante, sin darme cuenta
quizás pude comprender que el surco llegó a su fin y yo me sentí mucho mejor de
salud; pero al incorporarme, un fuerte dolor de cintura me hizo gemir. No
obstante disimulé cuanto pude, porque Huachillo se paseaba otra vez a mi lado,
masticando con mejores ganas el bocado de coca que por momentos deformaba su
rostro convirtiéndolo en globo apretujado. De inmediato retornamos y seguimos en
la lucha. Pero antes, aprovechando un ligero descuido de todos ellos, analicé y
comprendí sus pensamientos. Cada uno caminaba con la tranquilidad más grande
del mundo, masticando a ratos las hojas de coca que mi hermano mayor distribuía
cada vez que ellos se lo pedían. Sino ármate también un bolito, cholo Fredegundo,
había dicho mi hermano, momentos antes en el extremo inicial de la chacra, pero
Castinaldo, Gumercindo y los otros que conocían rudimentariamente los efectos
dañinos de la coca le habían sugerido que para mí no era bueno esas cosas. Se
vaya a convertir en brutito el cholito a corta edad, se lo habían advertido, y
mi hermano ni corto ni perezoso había ocultado el bolso entre los pequeños
arbustos del borde que limitaba la chacra.
Huachillo
estremeció la lampa de nuevo tan cerca a mí, pero esta vez la distancia que nos
separaba era menor. Agazapado, intenté alejarme un poco tratando de escarbar
más rápidamente, dejando las malezas arrojadas a la deriva, sin que nadie lo
notara. Sin embargo Jorge, como adivinando mi pésima labor, me interpeló desde
su octava ubicación en la que se encontraba: Fredegundo, hermanito menor, si te
sientes mal o te cansas avísame nomás sin temor, para que descanses un ratito,
no te vayas a exigir demasiado. Huachillo sonrió bruscamente pero siguió
aferrado al suelo. Fue entonces cuando me di cuenta que mi adversario número
uno me pisaba los talones, y sus lampeadas resonaban a tan sólo unos
centímetros de mi presencia, incluso vi a mi costado parte de su mismo rostro
deforme y jadeante, de manera que mi tormento fue aumentando más y más. No
obstante el surco llegó a su fin otra vez y eso me alivió infinitamente; pero
al incorporarme, el dolor agobiante de cintura me hizo gemir ¡Ayyyyy! de nuevo,
luego la sonrisita malévola de Huachi, como siempre; los demás terminando el
surco casi simultáneamente, reanimándose, y mi hermano Jorge aconsejándome que
disqué descansara un ratito porque la competencia recién empezaba y que eso de
ponerse a trabajar a las “melgadas”
era muy peligroso, porque ocasionaba hasta broncas. Gumercindo dijo: si van a
trabajar de ese modo avisen y dejen que el cholo chico se vaya a descansar a
otra parte. Hasta se puede reventar el mocoso en su esfuerzo por superarnos.
Pero lejos de tranquilizarme, esas palabras me enfadaron aún muchísimo más, por
lo que opiné con dignidad que la cosa continuara, que yo sí tenía las fuerzas
suficientes y el valor para enfrentarlos a todos sin temor a equivocarme.
Entonces vi que Gumercindo se movió casi maquinalmente en el surco siguiente y
yo lo imité. Huachillo, por su parte resoplaba muy cerca a mis oídos, a veces
masticaba con fiereza y sus dientes crujían como ramas retorciéndose. En pocos
segundos aprecié sin voltear la mirada que Huachillo no solamente me alcanzó,
sino que también sobrepasó el límite. Desde su tercera ubicación se alejó como
saltando en cuclillas, arrojando las malezas en el surco que aún me faltaba
cultivar. Unas piedras rodaron con violencia y se estrellaron en mis pies
descalzos. Ya te alcancé maluco, habló; y vi cómo jaloneaba la lampa botando la
tierra húmeda, luciéndose una y otra vez, silbando en señal de triunfo. Y yo no
podía tolerarlo, de ninguna manera, el atrevimiento de Huachillo había sido
gravísimo, extremísimo. Avancé como un rayo dejando las plantas a medio
cultivar y sin darle oportunidad a la razón arremetí contra los pies de Huachi
propinándole dos lampazos, como si cortara un bejuco duro. ¡Ayyyyyyy!, gritó. ¡Auxilioooooo!
Parece que se alocó el cholo flacucho. Me sentí libre de culpa por un instante,
pero de pronto, un miedo vago invadió todo mi ser. No podría decir con certeza
si ese cambio repentino se debió a que, en el momento que contemplé el rostro
de Huachi, sus ojos ya no parecían ser los mismos, estaban desorbitados y crecidos;
sus labios presentaban un estirón constante y sus dientes se presionaban
fuertemente entre sí. ¡Qué pasó!, dijo mi hermano, con desconcierto en su
mirada. Me cortó los dedos del pie este animal sin juicio. Huachi hablaba con
desesperación y hasta se podría suponer que el dolor comenzaba a dominar la
escena aumentando a ritmo acelerado. Se
me pasó la mano, me excusé, pero fue una resbaladita, nada más, no creo que la
cosa haya sido más trágica. Observen aquí, llamó Huachi bañado por el sudor de
su adrenalina. Todos se aproximaron, en cambio yo seguía inmóvil aferrado al
mango de mi lampa, sin comprender aún lo que sucedía del todo, no obstante
temblaba y transpiraba más que nunca.
Efectivamente,
tres dedos del pie derecho le faltaban y por el denso camellón de la chacra unas
hileritas de sangre avanzaban como ríos pequeñitos. ¡Hay que parar la
hemorragia!, intervino Gumercindo, rasgando por la mitad el polo que llevaba
puesto. Rápido, rápido. Le dieron de vueltas por todo el pie cubriéndolo
completamente y para mayor seguridad se lo enlazaron con un retazo de bejuco
delgado que había crecido muy cerca de allí, mientras el tío Huachi seguía
emitiendo cada vez gritos más ensordecedores que rasgaban el aire con
tenacidad. El sol se había enlutado y una ligera niebla comenzaba a cubrir el
cielo del Agashul. Castinaldo sugirió de pronto que era necesario cargárselo
hasta el Puesto de Salud de Rospán para evitar mayores complicaciones, pero yo traté
de calmarlos aduciendo que no era para tanto el problema, puesto que unos años
atrás había escuchado un consejo sabio en el que se aseguraba que los huesos de
las personas, al toque se volvían a unir a su lugar con tal de presionarlos
fuertemente entre sí en los primeros minutos de ocurrido el accidente. Pues
observen bien todos, les manifesté, ahora ya no tenemos por qué martirizarnos
la vida, porque incluso ya encontré los
tres dedos extraviados, habían estado enterrados en este montón de pecuyos y ni
cuenta nos habíamos dado. Jorge se aproximó y de un manotón me hizo rodar por
tierra. Los tres dedos de Huachillo se desparramaron por el suelo como tres huesecillos. Sin
perder más tiempo, tres peones voluntarios echaron al hombro el pesado cuerpo
en dirección al Puesto de Salud que estaba como a dos horas de camino, mientras
los demás lo siguieron también uno tras otro, frotándose los ojos y dejando a
la deriva todas las herramientas de
trabajo con la alforja de fiambre incluida,
que flameaba a lo lejos.
Rápido
pasó el dolor del golpe que me propinó mi hermano. Me incorporé y caminé
también en dirección al Puesto de Salud de Rospán, no sin antes haber recogido
los tres dedos rígidos del tío Huachi y
haberlos escondido con habilidad en el bolsillo trasero de mi pantalón
parchado. Sin embargo unos metros más abajo, un gallinazo hambriento y voraz
casi me arrebata a golpe de picotazos los tres retazos de propiedad única y
exclusiva del mismo tío Huachi, pero yo tuve que detenerlo a golpe de puños y el vivo zopilote
regresó con su hambre de siempre al cielo opaco, indignado para seguir volando
en busca de algún festín de rutina.
En
poco tiempo llegamos al famoso Puesto de Salud de Rospán, pero la enfermera nos
dijo que esa no era una hora muy apropiada como para atender el caso de tío
Huachi. Se podía ver con claridad que todo su pie herido seguía creciendo
descomunalmente, pero ya no profería muchos gritos porque la botella de
aguardiente que le hicieron beber a la fuerza antes de trasladarlo lo había
adormecido en el acto, y ahora dormitaba sin calma. Señorita Enfermera, le
increpé, pero no ve que esto es una
emergencia, que si le seguimos dejando así, mi tiito hasta se podría morir y
ahí sí que después la íbamos a pagar muy caro. Coqueros del demonio, nos
contestó, acaso no ven que es más del medio día, y el almuerzo ya se estaba
enfriando en la cocina, continúen esperando ahí una hora por lo menos y tengan,
eso sí, listo y por adelantado el dinero. Patronita, suplicó Gumercindo, en
efectivo no tenemos nada, Pero un día de esos aunque sea con un poco de papas o
con ollucos se la pagarían, o en todo caso, con dos latas de maíz cocido, que
más quería, pero por favor atiéndalo antes de que pase el trago porque sino se
complicaría mucho peor todavía. Hombres brutos, refunfuñó la enfermera,
pretenden engañarme con productos de la zona a cambio de las medicinas que son
muy costosas, ni lo sueñen. Pero Señorita enfermera, volví a decir, sabemos que
ahora tenemos derecho al Seguro Integral de Salud. Muchacho animal, me
interpeló, claramente dice la ley del gobierno que heridos por peleas no cubre
el bendito seguro, y desapareció por el callejón cerrando la puerta con
estrépito. Jorge, que había estado a mi lado sin que lo notara me impactó de
nuevo un duro golpe, pero yo en vez de llorar reí fervorosamente al ver el
rostro crispado y chistoso de la enfermera que se esforzaba por largarse a
devorar sus alimentos.
¿Y
ahora qué solución le damos al asunto?, preguntó Gilberto, que por primera vez
en todo el día expresaba una frase. Huachillo seguía dormitando, de bruces en
el corredor y a veces gemía como un tierno animal salvaje. Son los efectos
secundarios del aguardiente, pero lo bueno es que ha perdido la capacidad de
seguir sintiendo el dolor, corroboró Castinaldo. Entonces no debemos perder ni
un minuto más, explicó Gumercindo. No es muy difícil practicarle una cirugía,
además en estos casos hay que ingeniarse al máximo. Pero no tenemos las
herramientas necesarias, observó Jorge, además ni siquiera los pedazos de los
dedos lo hemos traído. De eso no se preocupen, interrumpí. Aquí están muy bien
guardaditos. Entonces hicimos fuerza común y lo alejamos un poco más allá del
Puesto de Salud de Rospán. Gumercindo sacó la agujilla de su calabazo que le servía para endulzar su
bocadillo de coca y que nunca descuidaba, la roció con un poco de aguardiente
para desinfectarla. De la costura de mi polo deshecho extrajeron unos náilones durísimos
y comenzaron a unir la piel de cada dedo cortado a su posición original con
muchos puntos a su alrededor, rociando de cuando en cuando aguardiente del puro
para lavar la sangre apelmazada a lo largo de toda la planta del pie
inmenso.
De
todos modos era extraño que Huachillo continuara dormido, ni siquiera movía el
pie cuando Gumercindo incrustaba la agujilla sobre la piel maciza y lo enlazaba
fuertemente con el nailon. Ya está, dijo al fin. Ahora con su agua de Agashules y huaylambos todos los días, más un poco de suerte para contrarrestar
la infección, el tío Huachi estará nuevecito en un mes aproximadamente para
seguir dándole duro al trabajo a puras melgaditas
como debe de ser. Por ahora, llevémoslo de regreso a casa, que su familia aún
no conoce la tragedia. Le pusieron al hombro como a un pesado madero y
retornamos por el mismo camino empinado, a pasos rápidos, porque el día
lentamente llegaba a su fin y los rayos
del astro sol se tornaban cada vez más anaranjados, en el vasto horizonte. Una
capa oscura comenzaba a poblar los paisajes de mi querido Agashul, olvidado y
desamparado aquella tarde, solamente.
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Un
domingo del año siguiente, en el poblado de Chalamarca encontré a mi tío Huachi,
a la salida de la plaza. Al verme sonrió y me dijo: “Sobrino, me contaron que
aprendiste a trabajar a las melgadas como todo un jornalero. Es que los
milagros sí abundan de verdad”. Con
temor le extendí la mano y tío Huachi se abalanzó, y me abrazó derramando sus
lágrimas cristalinas. Emocionado, mientras se esforzaba por mostrarme sus dos
pies completitos y yo no pude divisar ni
una huella, ni un rasguño por lo menos.